Enamoramiento
Abril 27, 2008Y si no, escuchad, escuchad…
Se me ocurre mientras “estic fent un riu”. Claro, no podían hacer otra cosa. La tenían que vender como una comedia.
Perdonad, me refiero a Pequeña Miss Sunshine.

Recordaba haber visto un trailer en el cine que ni por asomo dejaba entrever la verdadera naturaleza de la película, en las antípodas de la comedia como he acabado por descubrir con estupor después de verla (por cierto, han eliminado del DVD el trailer de marras).
Pero a lo que voy, que no es sino comentar muy rápidamente esta pequeña joyita que al parecer causó sensación después de su estreno.
Pequeña Miss Sunshine es humanidad desbordante que reivindica su sitio en el orden de las cosas.
Es un soplo de optimismo en medio de un lodazal de desesperación. Optimismo definido por la facilidad con que un grupo de personas, todas ellas pertenecientes a un mismo grupo familiar (clase media americana), es capaz de pasar página a sus acuciantes problemas. Vale que es cine y que es ficción, pero no por ello le restaría yo significación. Y ojo, que pasar página no significa que todo vaya a acabar en un happy end, eh?
Es una aventura de conocimiento encerrada en envoltorio de road-movie que golpea al entramado ideológico norteamericano en diversos frentes.
Es conmovedora, cínica, divertida, original en cierto sentido, inteligente y diferente, una combinación de rasgos que, habida cuenta del panorama cinematográfico general y actual asociado a su nacionalidad, es digna de destacar.
Sin embargo, mentiría si os dijera que la película es perfecta. No, por supuesto que no lo es. Puede que el personaje coral, sin el cual nada tendría sentido, actúa en perjuicio de las identidades individuales. Algunos personajes apenas parecen quedar abocetados, pero es que el objetivo se centra en el conjunto. Y claro, habrá quien me diga que el ritmo no es todo lo efectivo que sería de desear, pero… ¿os habéis leído todo lo que acabo de escribir?
Creedme cuando os digo que tendréis cara de feliz gilipollas cuando estén pasando los créditos…
Entro en mi panadería habitual de Ciutadella y encuentro sobre el mostrador un manojo de S’esbarjo, una guía quincenal que informa sobre el ocio de Menorca.
No puedo esperar a llegar a casa y empiezo a ojearlo por el camino, preso de la ilusión, orgulloso de lo que para mí es todo un descubrimiento (uah, información fresca sobre lo que se puede hacer aquí!!). Y leo:
Música: Cinco actuaciones en viernes. Cuatro en Mô y una en Ciutadella. Umph, mal comienzo.Pero me quedo con dos formaciones, una de rock alternativo y otra que mezcla soul, funk, pop y jazz. Paso al sábado. Nada en Ciutadella y por lo que respecta al resto, nada que me interese (concierto para familias con niños menores de 3 años, un concert per la llengua y hip hop). Entresemana apenas hay actuaciones, y lo que hay no es precisamente atractivo (banda de música de Felanitx, música clásica por parte de alumnos de conservatorio, reggae). Hay que esperar al próximo finde para encontrar… uah, tres actuaciones en toda la isla. En Ciutadella, jazz y pagando. En Mô más reggae con drum & bass (Festa Talaiòtica, la llaman). El sábado no mejora, coral en Ciutadella y más afro reggae y electroTrance en Mô. Volvemos a conciertos familiares, sesiones de acordeón y guitarra, y música clásica de lo que parece ser la norma entresemana para acabar otro finde con jazz, algo de soul y un otro poco de funk que, de las dos actuaciones previstas en Mô una de ellas es previo pago de entrada.
En resumidas cuentas, desolador.
Pero bueno, el fanzine continua…
Novedades discográficas: Cinco reseñas. Todas de música clásica. No tengo nada en contra de este tipo de música (de hecho tengo varios discos y la escucho de forma más o menos regular), pero… ¿acaso no hay otras músicas?
Sigo:
Novedades editorials: Dos. El premio Nadal de este año y un libro sobre mitología vasca que tiene buena pinta pero un precio prohibitivo.
Arte: Lista de museos (conocida al dedillo), exposiciones y galerías. Prima el color local. Me fijo en una exposición de fotografía que puede interesarme. Pero es en Ferrerías y a última hora de la tarde, lo que me obliga a coger el bus e ir mirando el reloj. Paso al siguiente apartado:
Cine: ¡Capitanes de abril!, de Maria de Medeiros. Mooola. Ah, en Ferrerías, con un horario incompatible con el autobús. Putada. Bueno, sigo leyendo. Hacia rutas salvajes!! Guai!! Ah, en Mô, entresemana y con horario también incompatible con el autobús. Podría quedarme a dormir en casa de mis padres para levantarme a las 6:30 de la mañana para ir a currar. Buf! Creo que no. Lástima. Les amants reguliers en Ciutadella, sobre jóvenes burgueses en el mayo francés… esta parece que sí, que puede caer. Buen, algo es algo.
Una poesía. ¿Una poesía? Pues sí, una poesía de una autora nativa. Bien. Paso a…
Cómic (Menjacòmic se llama la sección). 26 edición del Saló. Original, vamos. El firmante, un tal Tort R. insiste en el fenómeno editorial del manga. Me pregunto dónde habrá estado estado este señor en los últimos años. Umm… còmic de consum rapid, le llama. Generalizando, que es gerundio. Fantástico. Pero el articulito no tiene precio: Pel que fa a la producció nacional (consti que parlem de doblers I no d’art) l’únic que es salva de la crema és el infatigable Ibáñez. Dos líneas que dan muchísimo juego. ¿Ibáñez no es arte? ¿Y de los autores españoles que salen fuera para publicar no se habla? ¿Y de los que sí que fan doblers fuera y luego dentro tampoco hablamos? Y ya puestos a hablar de hacer dinero con esto del cómic… ¿nos ponemos a ver y comparar cifras? Sigue el sr. Tort R. presentando las típicas categorías del manga, por si no nos hemos enterado de lo que le debe la salud de nostra (otra palabra sobre la cual podríamos hablar largo y tendido) industria comiquera, para finalizar con un selección de los premios del Saló donde, oh sorpresa, no sólo no hay ni un manga sino que el autor no considera detenerse mínimamente en ninguno de los premiados por aquello de que se ha comido todo el espacio hablando de nada en particular sobre el Saló (nada que no sepamos ya por el telediario de cada año). ¿Para qué hablar de Gipi? ¿o de Paco Roca? ¿o de El Manglar? Aunque claro, qué se podrá esperar de alguien que nos dice, después de presentarnos una lista de once autores (todos extranjeros), que se puede gaudir durant quatre dies d’aquests idols comiquers ? ¿Habrá hecho cola este señor alguna vez para entrar en el Saló?. Y ya dentro del recinto, ¿la habrá hecho para “gaudir” de estos profesionales? Igual es que goza de un pase de prensa…
Sigue el fanzine. Cursos y conferencias, entre los que hay algunos interesantes, Arts Escèniques, entre las que destacan los bailes folklóricos, las actividades para niños y actuaciones de geganters. Excursions, para las que desafortunadamente no tengo tiempo ahora mismo. Un cajón de sastre con actividades varias entre las que no encuentro nada que me motive especialmente (sardanes, gegants, petanca, ajedrez, doma menorquina, una gimcana internauta, coleccionismo de placas de cava (¿?), un par de fiestas benéficas y actividades para críos). Una sección de concursos. Y finaliza el fanzine con publicidad de Warhammer (Pau, deberías leerla), a cargo de la tienda Degeneració.
Acabo de leer, cierro el fanzine, lo dejo a mi lado, sobre la mesa (ya he llegado a casa) y, por alguna extraña razón visualizo el cartel de la película Alien, el octavo pasajero.

Bueno, repaso la semana llegados a este finde que es un poco particular por cuanto mi madre se encuentra en la peninsula, visitando a mi abuelo, que ha de pasar por quirófano en breve, y en Mô sólo he encontrado a mi padre, que parece más preocupado por hacer obras en el jardín que por cuidar su alergia u ocuparse de las faenas de casa (conviene aclarar que ni sabe cocinar ni limpiar… Vaya generación la de mi padre…).
Mi semana ha estado un poco ocupada, algo más de lo normal quiero decir.
El martes por la tarde tuve que asistir al segundo claustro en dos semanas consecutivas por aquello de que el orden del día del primero no era abarcable en una sesión. Y debo reconocer que cada vez estoy más decepcionado por el funcionamiento de este órgano, decepción que se ha unido al de una pequeña revelación que aconteció ayer, cuando el centro celebraba su particular día del libro.
La decepción se debe a la constatación de la pérdida de la naturaleza democrática de dicho órgano, observación que apuntó un compañero, atribuíble al hecho de que algunas de las propuestas planteadas no parecían someterse a juicio y debate de la comunidad educativa, en tanto que la opinión del docente no era tenida en cuenta por el grupo directivo. Y la verdad, algunas actitudes en boca de adultos aparentemente hechos y derechos resultaron ser, cuanto menos, paradógicas. Se apreciaba tensión por parte de algunos miembros integrantes del que yo consideraba hasta la fecha consejo consultivo, y lo cierto es que podia comprenderles.
La revelación de la que hablaba antes la tuve al ojear por encima un libro que han confeccionado los alumnus de Diver (si no voy equivocado) en la que salen todos los profes y personal no docente que ha tenido el centro, recomendando libros, por aquello de que el viernes celebrábamos la diada en el instituto. Y estando allí, de pie, mirando sus sonrientes fotos acompañadas de las escuetas listas de libros que habían escogido personalmente me di cuenta de que por primera vez les veía como las personas que son. En efecto, en palabras (aproximadas) de Lucía Etxebarría, vi como la comunidad docente, mis compañeros de trabajo, se asemejaba a una especie de “órbita cementerio”. Individuos que apenas tenían un contacto entre sí más allá del extrictamente laboral. Perfectos desconocidos muchos de ellos. Por supuesto que esto es una vision muy personal de la situación, fruto de mi situación laboral y condicionamientos derivados de la misma, pero lo cierto es que algo de ello hay en este asunto. ¿A qué se debe? ¿Al tamaño de la plantilla? ¿Al hastío que se puede inferir del trabajo? ¿A la experiencia? ¿Al carácter local? ¿A las diversas situaciones laborales de los implicados? No lo sé, pero me vino a la cabeza el título de aquella infame película Nadie conoce a nadie.
Hace dos días, en clase de 1º de ESO. Se me acerca una de las alumnas antes de empezar la clase y me pregunta:
-¿Por qué tienes cara de malo?
El miércoles día 30 llego a Palma, estancia que prolongaré hasta el domingo 4.
Mi intención es, además de desconectar de la rutina y dejar unos días La Roca (no sé cómo he podido convencer al alcaide de la institución para que me deje salir…vigilado, por supuesto), proceder a una mudanza inevitable. Inevitable porque, en mi actual condición de mercenario, antes o después estaré obligado a hacerla, y prefiero decidir sobre ella ahora que puedo y no estoy entre la espada y la pared.
Mucho he pensado sobre el tema. Tengo montones de cómics (años de síndrome de Diógenes y trabajo de sidekick), bastantes libros y demás basurilla que pedían a gritos una base estable alejada de las idas y venidas a las que, en principio, si las cosas no se tuercen de por medio, estaré sujeto una temporada más o menos larga. Como buen soldier of fortune, a partir de ahora en adelante tendré que viajar ligero de equipaje.
Y claro, después de mucho cavilar y considerar presupuestos (mi idea era alquilar un cuartucho en un almacén, rollo John Constantine), me he decidido por aprovecharme de mis progenitores que, desde que les dije que todo lo que tenía valía pasta, creo que empiezan a considerar la posibilidad de respetar mis pertenencias (que levante la mano aquel cuyos padres no le han tirado nunca nada a la basura).
O sea, que lo sepáis. En menos de diez días, el menda por Palma. Me imagino que el empaquetado me llevará todo un día, pero más allá de eso supongo que estaré libre para lo que se tercie.
El Windows Vista. Ay, se me alegra el ombliguillo cada vez que oigo estas palabras.
Resulta que después de eliminar el Norton de mi equipo (que contaba con una herramienta que me optimizaba el funcionamiento del disco), y tras dos meses y pico, la desfragmentación, pensaba yo, ya era necesaria. Y claro, habría que hacerlo con la herramienta del Vista. Aterrorizado estaba.
Después de preguntar a los colegas y leer por aquí y por allá, tocó poner en práctica todo lo aprendido. Y ahí van los resultados del experimento junto a una pequeña comparación XP-Vista.
A ver, leí por ahí que el desfragmentador de Vista es más versátil y eficiente que el de XP. Aquí sólo puedo opinar por los pantallazos de XP que he ido encontrando en mi búsqueda. Y es que el de XP te decía el nivel de fragmentación del disco, como paso previo a la desfragmentación en sí. En Vista, desafortunadamente, no pasa. La herramienta en Vista sólo te permite programar la función y ponerla en funcionamiento. No podemos saber (desconozco si hay alguna opción por ahí oculta que supla la expresión gráfica que se encontraba en XP) el grado de fragmentación de nuestro disco de forma alguna. Como tampoco es muy útil que nos digan que, una vez iniciada la desfragmentación, el proceso puede durar “unas horas”, sin indicador alguno del porcentaje de desfragmentación que realiza el equipo. O sea, que una vez iniciado, pues nada, a esperar. ¿Cuánto? Ni zorra. Genial. Brillante.
En mi caso, el proceso ha durado casi dos horas, lo cual creo que no está mal, teniendo en cuenta que hacía mucho que no llevaba a cabo la operación. Y en ese tiempo, la verdad, he trabajado bastante con el portátil, moviendo muchos ficheros y borrando muchos más (y de peso).
Ahora bien, algunos consejos prácticos que he leído por ahí y cómo me han funcionado:
-Desfragmentar quitando el protector de pantalla primero (para evitar un posible reinicio): El equipo entró en una especie de bucle que me impidió que cancelara el proceso (al final tuve que recurrir a un apagado forzoso). Fracaso absoluto.
-Probar de desfragmentar en modo seguro. No lo permite.
-Desfragmentar quitando primero el protector de pantalla y modificando el plan de energía (accesible a través del panel de control, si no recuerdo mal). Una vez en este apartado, clickar en la opción que impide que la pantalla se desconecte en momento alguno (lo que interesa es que permanezca encendida en todo momento). Y ésta sí que ha funcionado bastante bien.
Lo que pasa en la Milla… se queda en la Milla

Un irreconocible guión de Stehen King es el elegido por Frank Darabont para esta película, un dramón carcelario con elemento fantástico de por medio. Se ve que al director le va el tema, y si no hagamos un poco de memoria y recordemos la excelente Cadena perpetua, con Tim Robbins y Morgan Freeman, donde ya encontrábamos el mismo enfoque humano que desempeña un papel central en la trama y que el propio personaje de Tom Hanks saca a colación nada más empezar la película.
La Milla Verde es el pasillo de linóleo que conduce a la silla eléctrica de una penitenciaría estadounidense. Hanks interpreta a Paul Edgecomb, el guardia encargado de este ala donde los condenados a muerte pasan los últimos meses de sus vidas. La rutina del día a día, sin embargo, se va a ver radicalmente alterada desde la llegada de un recluso, John Coffey, un afroamericano enorme acusado de la violación y brutal asesinato de dos niñas, y que parece esconder un extraño don que planteará a Paul y sus compañeros un dilema moral de difícil resolución.
Si bien el elemento fantástico es cosustancial al desarrollo de la trama, su inclusión trae a primera plana algunas reflexiones que Darabont, no sólo como director sino también como guionista, trata de hacer llegar al espectador. Temas como el del racismo, sangrante en la década de los 30, momento en que la película está ambientada, y que venía a unirse a la desesperación que vivía buena parte de la población, causada por los devastadores efectos de la recesión económica (La Gran Depresión); pero también podemos ver la película como un alegato en contra de la pena de muerte, evidente a lo largo de todo el metraje: el lado humano de los presos, la sed de venganza de los familiares de las víctimas, la crueldad de uno de los guardias, la brutalidad del método de ejecución utilizado, así como todo el ritual (por analogía) de que es objeto… son elementos que, junto al dilema moral al que hemos aludido y cuya naturaleza no pienso desvelar para no destripar el argumento del film, nos sirven para atestiguar el fin crítico que persigue el mismo.
Excelentes interpretaciones, una dimensión humana atípica por cuanto el escenario no parece prestarse a ello en exceso de buenas a primeras, un toque fantástico comedido al servicio de la historia, escenas conmovedoras y un buen ritmo (si bien a mí se me hizo un poco larga), son algunos de los motivos para ver, disfrutar y reflexionar sobre esta película.

Les presento a mi ordenador. Hoy descubro que internet va lento, así que empiezo a preguntarme por qué. Entonces advierto un iconito en la parte inferior derecha de la pantalla: ¿No es ése el que indica las actualizaciones del equipo? ¿Pero qué demonios hace ahí? ¡Si no le he mandado que busque nada!
¿Pero cómo? ¿17% descargado? Vale, ¿el Windows Vista se actualiza solo? Bueno, probaré de pararlo, que ahora me interesa navegar. Vaya, no se deja a las buenas. Pues abro el administrador de tareas y yaxtá, no? Pues no, porque hay montón de procesos abiertos y no tengo ni zorra de cuál debería parar.
En resumidas cuentas. ¿Tienes Vista? Te jodes.
Hace ya un tiempo que ví esta peli y escribí una pseudocrítica que se quedó a medias. La recupero aquí:

El arte de estrangular (Art School Confidential, a la mierda el respeto al título original) es una película de Terry Zwigoff (Ghost World, Bad Santa) con guión de Daniel Clowes (conocido guionista de cómic independiente USA, responsable entre otras obras de la misma Ghost World). Por cierto, leo en el blog Abandonad toda esperanza que la peli está basada en una historia corta del propio Clowes (no vaya a ser que algún fan del de Chicago se sienta ofendido al percatar mi omisión a dicha tira…), autor que, todo sea dicho de paso, reconozco con algo de pesar que nunca me ha dicho nada, al menos en lo poco suyo que ha llegado a mis manos.
La trama gira alrededor de Jerome Platz, un chaval que acaba de entrar en una escuela de arte y que apunta maneras como joven talento en ciernes. Jerome quiere convertirse en el mejor artista del siglo XXI, ambicioso proyecto que chocará con la ingenuidad de nuestro protagonista, desconocedor de los entresijos del mundo del arte.
Así, Jerome pronto encuentra obstáculos a los que deberá enfrentarse, como la escasa aceptación con que son acogidas sus obras (realistas, figurativas) por sus profesores y compañeros de clase. Entremedias, el chico se enamora de Audrey, una modelo e hija de artista consagrado, un amor que participa de la ingenuidad del personaje y que difícilmente puede ser correspondido. Jerome pronto decide recurrir a su arte para tratar de ganarse el corazón de la chica de sus sueños, al tiempo que debe competir con otros compañeros de su clase a fin de exponer en una galería de arte dedicada a la promoción de jóvenes talentos.
Pero el argumento de la película no se queda en la típica trama de comedia ligera destinada a un público adolescente como podría parecer después de leer las líneas previas; no, ni mucho menos, sino que introduce un elemento de thriller y que hace alusión al título con que ha sido traducida a nuestro idioma. Sí, en efecto, existe un estrangulador suelto que ha dado muerte a varias personas, y cuyos actos afectarán al desarrollo de la trama al tiempo que apuntan a una idea de peso en la película, que no es sino la definición del concepto de arte, a su vez relacionada con todo ese mundo que gira en torno a él y al que se hace una crítica durísima (y bastante acertada desde mi modesto punto de vista). Aquí debería incluirse otro aspecto que aborda la película, que no es sino el punto al que el ser humano es capaz de llegar sólo por conseguir la fama. Fama que en este caso se traduce en respeto y admiración por parte de un grupo determinado. Gratificación que radica en un componente externo al individuo y que trasluce deficiencias afectivas personales.
Lo bueno de la película son sus varias lecturas e interpretaciones. Podéis verla como una comedia más de instituto, con la que seguro que os reiréis. O como una comedia romántica que ver con vuestra pareja. O centraros en la reflexión (despiadada) que realiza en torno al mundo del arte. O comprobar la mísera condición humana. Sí, en efecto, lo habéis adivinado: El arte de estrangular no es una película típica. ¿Os atrevéis? Buscad en vuestro videoclub favorito y me contáis, si eso.