A vueltas con la nostalgia

Diciembre 31, 2007

 Y la sábana de hoy es:

Supongo que algunos de vosotros ya estaréis aburridos de oirme hablar de los perjuicios asociados a la nostalgia. Pues bien, hoy toca edulcorar un poco mi extremismo en torno a esta cuestión, si bien me gustaría previamente introducir el tema con algo que bien poco tiene que ver, pero que sin embargo es cosa habitual en estas fechas en que nos encontramos (por una vez he caído, aunque sólo en parte): Una limpieza. En mi caso de libros, y más que dictada por el espíritu de “borrón y cuenta nueva” que impera al finalizar un año y dar la bienvenida a otro, ha sido la necesidad de encontrarles sitio, en casa de mis padres, a algunos cómics que me traje de Palma, quien me ha impulsado a poner manos a la obra con la desagradable tarea de bajar, de una parca estantería de medio cuerpo, algunos libros que, rémora del periodo comprendido entre mi infancia y mi adolescencia, debía sacrificar si les quería encontrar sitio a aquellos.
Ahora mismo observo, mientras escribo estas líneas, cómo ha quedado mermada la dichosa estantería, el trabajo a medio hacer, mientras que las víctimas de la purga descansan ya en el sótano (muy aireado, así que no padezco en exceso por ellas).
Y ahí están, apilados en desorden los afortunados, aquellos con los que seguiré compartiendo mi espacio más inmediato. Creo que voy a seguir aburriéndoos… Ahí va una selección de mis náufragos predilectos que deben su supervivencia a la nostalgia así como a otros factores:

- Leyendas del mar y los marinos (infantil; por la temática)
- La Ilíada (en la desastrosa edición de Austral; porque es Homero, qué coño…!)
- La Odisea (en edición de quiosco pero con la traducción de Gredos; idem)
- Aventuras de Allan Quatermain, de Haggard (edita Legasa, sin año, aunque debió sacarlo en los 80; conservado porque en el sótano ya hay una réplica –quien me lo regaló lo hizo dos veces, en momentos diferentes-; a pesar de todo ese tufillo a colonialismo que despide fue una de mis lecturas favoritas de aventuras con ocho o nueve años… ¡además salían un montón de decapitaciones!)
- El libro de las Maravillas, de Marco Polo (colección “Tus Libros” de Anaya, del 83, conservado impecablemente –esta gente usaba un papel excelente-; nunca me lo acabé de leer, pero supongo que sólo el título merece un lugar destacado en mi selección)
- Tifón, de Joseph Conrad (Taifa, 86; genial relato de aventuras marítimas –claro, es Conrad-)
- Relatos de los mares del sur, de Jack London (Alianza, 84; aunque regalado con unos diez años, curiosamente no me lo empecé a leer hasta hace unos meses y debo reconocer que lo estoy disfrutando; es una recopilación de relatos breves donde London demuestra toda la mala hóstia de que era capaz al tiempo que postula sobre la victoria del caos, de la naturaleza, sobre los ideales morales, éticos del hombre)
- Los últimos días de Pompeya, de Bulwer Lytton (lo gané en una carrera de sacos, en la escuela…¿alguien se acuerda de lo que es una carrera de sacos?; ¿sabía alguien que metí a Lytton en una campaña de rol del Cthulhu?
- Manual de historia moderna, de la editorial Ariel (debía mantenerlo por un poco acordarme de cierto individuo que me dio clases en la universidad, y porque es la primera vez que veía las palabras historia y moderna en minúsculas).
- El Nilo Azul, de Moorehead (Serbal, 86; ensayo; colonialismo en el Nilo…¿A quién le importa? Bueno, a mí: está profusamente ilustrado, supurando romanticismo por doquier, y el autor sabe de lo que habla… un poco de exotismo no va mal).
- L’ànima de l’indi (costumbres y ritos de Los Puros… no podía decir que no… ¡Demasiado Werewolf, hombre!).
- Sociedad y cultura de la Antigua Mesopotamia plus Mitos Mesopotámicos (ambos de Akal –viva el color naranja-; siento predilección por ese lugar y ese momento histórico, supongo que por lo desconocido).
- P’tit Bonhome, de Julio Verne (quiosco, Legasa, sin año, puede que el 80; está hecho polvo, pero es el primer libro de 400 páginas que me leí con diez u once años… toda una epopeya personal! Y encima, para más cojones, hace poco me acordé que la acción tenía lugar en Irlanda, así que… algo de culpa puede atribuírsele a este libro, digo yo…)
- Guía del camí de cavalls de Menorca (nadie nace sabiendo; si alguna vez presumí de mis conocimientos sobre el tema, ya sabéis de dónde los saqué)
- El Quijote (nunca me lo he leído, ni me apetece si queréis que os diga la verdad, y creo que sólo lo conservaré en mi cuarto por aquello de si algún día acabo por decidirme, más que nada por cansancio de verlo)
- Varios libros de Alianza de H.P.Lovecraft (amos anda, ¿¡explicaciones con Lovecraft!?; y mira que están hechos polvo!)
- Los griegos de la antigüedad, de Finley (ensayo, un clásico del tema que acompaña a la perfección a Homero y que mangué de la biblioteca de mi padre sin que todavía haya reparado en ello).

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Y ahora llegamos a las dos pequeñas joyas descubiertas bajo un par de álbumes de sellos y que han sido la excusa para empezar a escribir (y desvariar durante) este post: Bisonte Negro y Harald el Vikingo. Dos libros “para niños” (¡cómo ha cambiado la concepción del libro para niño en veinticinco años!), publicados por Argos Vergara en el 79, escritos e ilustrados por Anie y Michel Politzer, y que me leí cuando debía contar con siete, ocho o nueve años, siendo responsables ambos de algunas peculiares obsesiones que se apoderaron de mí en aquella época y cuyos fantasmas me han perseguido casi hasta hoy en día (al menos algunos de ellos, ya que la mayoría se fue quedando por el camino, cosas de crecer).
Ambos son libros de formato álbum (léase un poco más grande que el DIN A-4), de poco más de 60 páginas cada uno, con ilustraciones a doble página y textos distribuídos en columnas y letra pequeña donde como podían, en los espacios dejados libres por el ilustrador.
Anie se ocupaba de visitar museos y hojear archivos para reunir toda la documentación necesaria para poder abordar fielmente el estudio de un periodo histórico determinado, poniendo especial atención a la micro-historia, es decir, cómo vivían las gentes. Entonces, elegía un personaje que pudiera ser característico del momento y del lugar histórico acordado, y elaboraba el texto, a modo de “cuaderno de apuntes” . Narración en primera persona y suficiente detallismo y rigor histórico como para meterte en la acción nada más empezar a leer la primera página.
Michel, su consorte, se dedicaba, igualmente, a documentarse iconográficamente para luego ilustrar, con rigor y frescura, las aventuras del héroe de turno. ¡Y menudas ilustraciones! El estilo era simple, especialmente por lo que tocaba a la expresividad de los personajes, pero el detallismo de vestuario y escenarios era increíble.
Miro la contraportada de uno de los libros, donde aparece una foto en blanco y negro de la pareja. Ella con una blusa estampada con flores, él con camisa de cuadros. Ambos exhiben una media sonrisa. Parecen dos hippies a los que se les hubiera dicho que debían posar para una foto a colocar en un libro para niños. Él sostiene, ayudado por la mano de ella, una hoja de papel con un boceto a lápiz, que parece hecho por un niño pequeño. Frente a ellos, un arcón de madera, del que asoman rollos de papel, un hacha, una botella y diversas ramas y briznas de paja. Una foto genial.
Volviendo a pasar las páginas de estos dos olvidados libros, no hago más que alucinar. Anie se tomó muy en serio su trabajo. El vocabulario es complejo, plagado de términos de lenguaje especializado que se detallan en los márgenes. Michel debió disfrutar con el dibujo, sólo hay que comprobar el detallismo de los fondos, el cuidado que pone en la descripción de la Naturaleza, el equilibrio de las composiciones…
Además, si te quedabas con ganas de más, una vez leído el libro, tenías una serie de “actividades de construcción” . ¿Qué eras niño? Te enseñaban a hacerte tu propio tocado de jefe indio. ¿Qué eras niña? Te enseñaban a hacerte joyas de squaw. Para ambos, cómo fabricar vuestro propio arco. Todo paso a paso. ¡Fantástico!
Vuelvo a la contraportada y leo el último párrafo: Anie y Michel Politzer viven en Bretaña, en una granja restaurada, cerca del mar. A sus respectivas actividades de autor e ilustrador añaden las de pintores, artesanos y jardineros. Ahora entiendo un poco mejor según qué cosas… y me pregunto qué habrá sido de ellos, treinta años después….
Esta vez la nostalgia no sólo ha resistido el embate del tiempo sino que aprueba…¡y con nota!


Una navidad de anuncios televisivos. ¿Cuál odias?

Diciembre 19, 2007

Hacía tiempo que no chupaba tanta tele. Cosas de vivir solo. Por muy triste que suene hay unas horas en las que la enciendo sólo por no oir el silencio. Y claro, no puedes evitarlo. Acabas participando, a la fuerza, del espíritu de estas entrañables fiestas. Tanto que acabas poniéndoles a tus alumnos un listening de Money de Pink Floyd (y ya de paso les enroscas la letra de The Wall…). Lo dicho, que tanta tele y tanto anuncio no pueden quedar impunes. Así que ahí van mis anuncios más odiados (al menos una selección):

-Brain Trainer. Después de ver este anuncio espero con ansias que Nicole Kidman nos regale un libro de autoayuda en el que nos relate su fantástica historia de superación personal. Sería un bestseller fijo. Y no bromeo (Srta. Kidman, acuérdese de quién le dio la idea cuando cambie su actual piscina colmada de dinero por una olímpica).
-Channel nº 5, que viene a sumarse a los esfuerzos de los equipos creativos de la DS para que acabemos odiando a Nicole. Un glamouroso cuento de hadas que tiene a la diva de Hollywood como protagonista. Típico, superficial, falsote… lo tiene todo.
-Diesel (con una o dos eses?). Impagable la rotación de 180 grados del gilipollas desnudo bajo la lluvia. Estoy tan impactado que apenas recuerdo su slogan, Are you alive?. Si es éste, tal para cual. Para pajilleros del Werewolf (reconocedlo, éste es el comentario freak que esperábais de mí).
-Swatch. Plaza nevada de un pueblo. Gente guapa paseándose con sus flamantes relojes, ajenos al frío. La situación no sólo es extraña, sino que tiene un puntillo inquietante si reparamos en el tono gris, casi metálico, que impera en la escena y en el pálido aspecto de los y las modelos. De repente todos empiezan a flotar y a volar. ¿Alguién entiende algo? ¿Tempus fugit? Demencial.
-Lacoste. Sin duda alguna, el anuncio que más aborrecí el año pasado. Un tipejo mira travieso a la cámara para luego ponerse a saltar de poste en poste de un paso sobre el agua. La de veces que deseé que el tío se la pegara, por capullo. Ahora que este año debo reconocer que casi me he alegrado de reencontrármelo. Por cierto, lo han recortado miserablemente, tanto que toda la rabia que me suscitaba ha sido eliminada de un plumazo al cortar el primer plano con el que se abría el spot.


Frío glacial

Diciembre 18, 2007

El de estos días. No ha nevado como en Mallorca, pero empieza a suponerme un problema. Bueno, realmente sólo por las noches. A ver, me explico.
El piso donde resido en Ciudadela, un tercero con terraza encima, se convierte, especialmente a partir de la tarde, en un auténtico iglú. Esas dos estufas de gas que creí serían mi salvación en días como los que han llegado resultaron estar inoperativas. ¿Por qué? Ni idea, pero os puedo asegurar que trastear en uno de esos cacharros cuando te estás muriendo de frío es una de las cosas más desesperantes que os podéis imaginar. Afortunadamente todavía podía contar con los aparatos de aire acondicionado, la fantástica tecnología inverter… hasta que probaron ser de poca ayuda. ¿Será esa opción de ventilador que no sé cómo diablos se desconecta? O sea, que al final acabé comprándome un calefactor de esos pequeñitos, de baño, como aquel que dice, y ahí se las ve y desea el pobre, yendo para arriba y para abajo, dándolo todo para calentar mínimamente la sala de estar.
Por supuesto, siempre hay soluciones. Pasar las tardes en el insti es una. Y to kill some time en un bar es otra. Y por supuesto, abrigarte en tu propia casa es la última que se me ocurre.
Lo jodido es que en la sala de estar tengo una chimenea… ¡que no puedo encender porque está condenada! De sitcom, ya te digo…


Cotidianía

Diciembre 17, 2007

Ok, por fin un breve momento de respiro. Son las 21:00 a falta de cuatro minutos, y la sala de profesores casi está vacía. Ha llegado mi momento All-Bran.
Esta semana es la última de clases antes de las vacaciones de navidad (así, en minúscula, pa chulo yo). Lo cierto es que, como cada año, no me he dejado empapar del ambiente tan propio de estas fiestas. Parte de culpa la tiene el que apenas varíe mi trayecto de mi casa al trabajo y a la inversa. Hará una semana decidí darme una vuelta por Ciutadella, nada más caer el sol, y sí, todo el entramado eléctrico era bastante evidente, tanto que casi casi por primera vez me daba cuenta de que estaba allí, suspendido sobre las cabezas de los viandantes… aunque lo que más me llamó la atención fue el que la ciudad había mudado su aspecto. Sonará a perogrullada, pero la Ciutadella diurna poco tiene que ver con la nocturna.
Para empezar, las calles están mucho más frecuentadas, y el viento te trae aromas tan agradables como el de la leña quemándose en las chimeneas. Da gusto pasear por el centro histórico de la población, y refugiarte del frío en El Imperi, un bar con solera que se encuentra en el Born, un sitio estupendo para tomar un bocadillo de sobrasada menorquina con queso, regado todo con una cañita, y aprovechar para leer un rato, tranquilamente. En mi caso, las Vírgenes Suicidas, novela que rescaté del injusto olvido a que la había relegado involuntariamente (cruz de trabajo…) y que estoy disfrutando como no os podéis hacer una idea. Ya os contaré.
Infatigable compañero de fatigas ha sido durante dos semanas mi cabestrillo. Mi brazo está mejor, si bien las listas de espera en el pueblo son interminables (reíos de las de Palma), así que, ante el desconcierto en que me ha vuelto a sumir una nueva visita médica, he decidido darle puerta a mi amigo y dejar cerca las drogas de rigor… por si acaso.
Por lo demás continúo bastante atareado, aunque un poco más relajado que la semana pasada, en que tuve varias evaluaciones y al trabajo diario se sumó todo el papeleo que supone el poner notas (nunca me lo hubiera imaginado). Ya os contaré algún día (o mejor me lo guardo, que es un auténtico peñazo).
Tan atareado estoy que apenas he hecho planes para las dos semanitas de vacaciones (hey, vaya lujo, para que luego algunos compañeros se vayan quejando por ahí) que se abren ante mí. Lo único claro es que tengo billete de avión para Palma el día 26 de este mes, con regreso el día 1 por la tarde (detalle importante).
Ni un plan, así que estoy abierto a sugerencias, pendiente cena freaky de por medio y celebración de mis 30 inviernos (no puedo sino recordar un episodio de Doctor en Alaska… sí, esa serie que sólo gusta a pillaos como yo, ¿qué pasa?).
Hey, que me echan del insti.
Mañana más (o no).


Presentar una reclamación en un centro sanitario

Diciembre 12, 2007

Suceso real. Abreviado. Algunas frases son textuales.

-Hola, buenos días
-Buenos días
-Venía porque querría cotinuar un tratamiento de una lesión (calcificación en brazo derecho), que dejé inacabado por desplazamiento de vivienda (y trabajo). Aquí tiene el documento que prueba mi condición de desplazado.
-Bueno, pero es que necesito que estés empadronado en Ciutadella
-¿Perdón? A mí me dijeron que este documento tenía una validez de tres meses prorrogables otros tres, y que con él podría recibir asistencia sanitaria.
-Bueno, eso está bien para una gripe o un resfriado, pero no para un tratamiento de larga duración como es el tuyo
-Pero es que para hacerme este documento perdí media mañana… la semana pasada. Desde entonces estoy con este cabestrillo.
-Pues te lo dijeron mal. Es que no se enteran de nada ahí abajo.
-¿Me quiere decir que no puede atenderme? [Vuelvo a explicarle todo el caso, ahora con más detalles, incluyendo que ya tenía cita en Palma para rehabilitación y:]
-Vas al ayuntamiento y allí te podrán expedir el certificado de empadronamiento…
-No, si ya sé cómo funciona eso…Pero creo que todo esto me lo podrían haber dicho la semana pasada…
-Y ahora vas a pedir hora abajo y así mañana posiblemente te harán la radiografía y el viernes te podré ver. Yo no tengo lista de espera.
-Bueno…
[Cuando estoy en la puerta, después de recoger aparatosamente mis trastos, me giro hacia ella para preguntarle:]
-¿Y qué hago con el cabestrillo? ¿Lo dejo todavía?
-Te lo quitas para dormir, verdad?
-Sí, claro
-Pues te lo dejas de momento
[Me marcho contrariado. Llego a Admisión, donde:]
-Hola
-Hola
[Me toca la misma mujer que me solucionó el papeleo del certificado de desplazado]
-Vengo a pedir hora con esta doctora. Por cierto, acabo de venir de su consulta y me ha dicho que no puedo ser atendido con este documento, que necesito un certificado de empadronamiento.
[Me mira extrañada:]
-¿Te ha dicho eso?
-Sí
-Pero si ese documento que tienes es válido!
-Ya, eso es lo que creía yo…
-Además me acuerdo de tu caso. Viniste la semana pasada
-Sip
[La mujer lo consulta al compañero que tiene al lado:]
-¿Y no te ha atendido?
-No. Me ha dicho que como es un tratamiento de larga duración debo estar empadronado…
-No, no es así. Si quieres tenemos unas hojas de incidencia por si quieres reclamar. Es más, deberías hacerlo, porque es conveniente que se sepa que estas cosas pasan…
-Bien, ¿me puede cambiar de médico? Ah, y déme una de esas hojas. Gracias.

Por lo demás, en Admisión (y en Urgencias una semana antes) me atendieron perfectamente.


Kurosagi #1

Diciembre 10, 2007

Soy gilipollas. Hacía pero que mucho tiempo que una reseña destacada o un diseño atractivo de portada ya no me arrastraban a la perdición. Cantos de sirena ante los que ni tan siquiera hacía falta que me atara a un mástil de barco para resistir. Entonces vi este Kurosagi, al que durante meses le había seguido la pista por las páginas del Previews, donde me enteré de su original argumento y me dejé seducir por sus portadas; decía que vi este cómic en los estantes de mi librería favorita, y no dudé ni un instante en comprarlo.
Y es que, efectivamente, Kurosagi cuenta con elementos suficientes para ofrecer una historia original e interesante que, en última instancia, se queda en nada. Lo cual resulta hasta cierto punto indignante si se considera que de sus páginas podría haber salido un cómic brillante.
Efectivamente, la premisa básica es singular: un grupo de estudiantes universitarios fascinados por la muerte en uno u otro sentido, y dotados de habilidades especiales que les vinculan con el mundo de los muertos, deciden crear una empresa destinada a satisfacer los últimos deseos de tan singulares clientes. El grupo está constituido por varios personajes de lo más molón: un médium con más de un as escondido en la manga, un zahorí especializado en encontrar muertos, un canalizador de un ente extraterrestre, una embalsamadora y en último lugar una hacker que hace de cerebro de la empresa. ¿A qué os suena ésto? ¿Quién ha dicho superhéroes?
El primer número nos presenta a los integrantes del que inicialmente parece ser un grupo de amigos que acaban dándose cuenta de que sus habilidades podrían asegurarles un sueldo una vez finalizadas sus respectivas carreras, razón por la cual deciden constituirse en empresa, cuyo capital inicial lo sacan de… un premio de lotería que les toca. Sí, caído del cielo. Vale, el recurso canta un poco, me dije, pero le voy a dar una oportunidad, que queda mucho tebeo por leer. Craso error.
El manga se estructura en historias independientes, cada una de ellas a modo de nuevo caso (o encargo, como gustéis) al que debe enfrentarse el grupo, donde la irregularidad, dentro de una mediocridad general, es la norma. La segunda historia es un buen ejemplo de ese aludido ni fu ni fa que, no sólo no consigue enganchar al lector nada más leída la primera historia sino que le aburre soporíferamente con su presunta carga dramatica y un ritmo narrativo (sólo el término suena ya a chiste) empantanado. La tercera historia retoma el que peligrosamente puede acabar convirtiéndose en un tema reiterativo, que no es sino la venganza post-mortem, al que adorna con un guiño a otra serie del guionista, MPD Psycho. La repetición del esquema inicial se pone en evidencia en un desenlace colmado de incongruencias argumentales y de caracterización. La cuarta y última historia, de tono humorístico más marcado, acaba por aburrir, al abusar de un mismo esquema, cuya conclusión es, para colmo, previsible.
Pero el trato que reciben los personajes por parte del guionista es lo que sin duda me decepcionó más. Sus enormes posibilidades, derivadas de un atractivo diseño, son echadas por tierras al negarles su desarrollo. No sabemos nada de sus vidas. Ni de su forma de ser. Son absolutamente planos y, de momento, no se observan indicios de que su situación vaya a cambiar. Así no es de extrañar la normalidad con que reaccionan ante situaciones que pondrían en peligro la salud mental de cualquier persona. Quizás se deba a un presunto humor negro que está presente a lo largo de todo el tebeo, quién sabe. Y que a mí no me hizo puta gracia.
En definitiva, un bluf. Ni se os ocurra probar de leerlo. Por muy fans que seáis de Dos metros bajo tierra.
 

Kurosagi #1
Eiji Ôtsuka (guión), Hôusui Yamazaki (dibujo)
Glenat, 2007
Rústica, 208 páginas, b/n
8,95 euros


Comer en un instituto

Diciembre 5, 2007

Hará un par de semanas me hablaron de un instituto cercano que contaba con servicio de comedor. Lo cierto es que no le di mucha importancia, pero hoy, apeteciéndome bien poco cocinar con un brazo todavía no muy fino que digamos (aunque mejor), he decidido darme una vuelta, sólo por probar.
Cuando he llegado casi me he arrepentido un poco, porque la entrada al ala donde se encuentra el comedor no es que diera la sensación de albergarlo.No sabía qué iba a encontrarme. Me había hecho a la idea de encontrarme una clase con algunas mesas blancas de Ikea, o algo parecido a un self-service, de esos en los que vas con tu bandeja (lo que me recuerda el infame comedor de la universidad), pero nada más lejos de la realidad.
El comedor del Cardona (el nombre del IES) es, en realidad, un aula de prácticas donde los alumnos son quienes se encargan de cocinar y servir las mesas, bajo la atenta (y me atrevería a añadir que estricta) supervisión de sus profesores. Los estudiantes en prácticas visten como auténticos camareros (comportándose como tales), y se encargan del complejo ceremonial del servicio en mesa, equiparable al de cualquier restaurante “de lujo”.
Nada más llegar el que luego identifiqué como profesor me dijo que en principio había que hacer reserva previa para poder acceder al comedor, aunque al final me dejó pasar ya que había poca gente. Podías elegir entre tres opciones por plato, todas ellas auténticas delicatessen. Mi elección: Sopa de calabaza con langostinos, trocitos de queso de cabra y fragmentos de pasta especiada, de primero. A continuación, tacos de merluza envueltos en tiras de bacon con salsa de naranja. De postre, el mejor brownie de chocolate que he probado nunca.
Y todo por diez eurillos. Un precio imbatible que refleja la naturaleza del comedor, que no es otra que servir de área de prácticas para los futuros camareros y cocineros.

Para volver en otra ocasión…


Ver cine en Menorca

Diciembre 4, 2007

Comprar la Fotogramas en Menorca es poco menos que una tortura. Llegan muy pocas películas y, además, se estrenan tarde. Lo curioso es que Mô cuenta con un cutre ocimax, que, todo sea dicho de paso, ha sustituido a los dos cines antiguos que sobrevivían en la población (un tercero se quemó hará un par de años, ya clausurado). Vale que no es gran cosa, porque sólo cuenta con cinco o seis salas, pero lo que enerva de verdad es que sólo se dedique, casi exclusivamente, a grandes estrenos. Si nos vamos a Ciutadella, la situación no mejora, todo lo contrario. Sólo una sala, por donde generalmente pasan pelis previamente estrenadas en Mô. Existe, eso sí, un cine club, que para el caso es una sesión semanal de una película que no se ciñe al más puro mainstream y que se proyecta en alguno de los anteriores cines.
Así que creo que ya puedo olvidarme de ver en pantalla grande pelis como Oviedo Express, de Gonzalo Suárez; Once, un musical irlandés de John Carney, co-escritor y realizador de On the Edge (un drama sobre un grupo de jóvenes suicidas en el que encontramos a un todavía desconocido Cillian Murphy, y que invariablemente me trago cuando estoy depre… sí, lo sé, no es que diga mucho a mi favor); First Snow, un thriller de corte fantástico de Mark Fergus con un regustillo a lo Richard Matheson; o Los Cuentos de Terramar, del hijo del celebrado Hayao Miyazaqui. Ah, me olvidaba de Stardust, de cuya llegada a la isla ya dudo, habida cuenta de lo que ha llovido desde su estreno en la civilización…
Por supuesto, siempre me quedará el recurso de la mula… ¡cuando los sres de timofónica se decidan a darme de alta de línea y me instalen el ADSL! Después de dos semanas esperando hace un par de días tuvieron el detalle de llamarme para comunicarme que hasta ¡finales de diciembre! no podrían proceder a la instalación , presuntamente por falta de líneas disponibles.
Menos mal que me traje una buena provisión de cómics para el invierno…


Tullido

Diciembre 4, 2007

Mi brazo derecho, el mismo que me lastimé practicando esgrima, me ha vuelto a pasar factura. Ahora, sin embargo, mi lastimoso estado es más evidente. ¡Llevo un cabestrillo! ¡Cómo mola! Yo que, de más joven, sentía celos de los esguinces y las muñecas dislocadas que obligaban a mis compis de clase a lucir escayolas firmadas… Ah, cómo había deseado exhibir una de ellas… Pues bien, ya está, deseo concedido. Por supuesto, tal contratiempo no me alejará de mis clases. ¡Faltaría más!
Días difíciles éstos por los que estoy pasando desde el viernes pasado… El dolor fue bastante intenso los tres primeros días (es el periodo que necesitan los anti-inflamatorios para empezar a hacer su efecto), y para colmo me coincidió todo este asunto con un curso intensivo de inglés en el aula. El curso estuvo realmente bien, muy práctico y divertido, y me sirvió para contemplar mi trabajo desde otro punto de vista, muy alejado del habitual. Hicimos bastante role playing, y escenificamos varios sketches, alguno de los cuales fue delirante.
Por lo demás, la semana pasada asistí a mi primera pelea seria en el insti. Un par de trouble makers de bachillerato intentaron iniciar una trifulca que fue abortada por un par de profes que estábamos presentes. En mi caso, estando en la sala de profes, oí un griterío fuera de lo normal que me impulsó a salir afuera, a ver qué demonios estaba pasando. El mismo director estaba aguantando a uno de ellos, mientras el otro se daba el piro discretamente con unos amigos. Aun así tuve que meterme por medio, ya que los ánimos estaban bastante caldeados, y al parecer las palabras poco podían hacer para calmar la situación.
Cuál sería mi sorpresa cuando al día siguiente, un delegado de primero me viene en clase y me dice, todo ilusionado: Es verdad que te metiste en una pelea ayeeeeer?! Y claro, de ahí a leyenda:
-¿Qué es lo que pasa?
-Que el profe se metió en una pelea… Yo lo ví…
Lo cierto es que aquella hora tenía un examen con ellos, y mientras me paseaba por la clase no pude sino reirme por lo bajini.