A vueltas con la nostalgia
Diciembre 31, 2007Y la sábana de hoy es:
Supongo que algunos de vosotros ya estaréis aburridos de oirme hablar de los perjuicios asociados a la nostalgia. Pues bien, hoy toca edulcorar un poco mi extremismo en torno a esta cuestión, si bien me gustaría previamente introducir el tema con algo que bien poco tiene que ver, pero que sin embargo es cosa habitual en estas fechas en que nos encontramos (por una vez he caído, aunque sólo en parte): Una limpieza. En mi caso de libros, y más que dictada por el espíritu de “borrón y cuenta nueva” que impera al finalizar un año y dar la bienvenida a otro, ha sido la necesidad de encontrarles sitio, en casa de mis padres, a algunos cómics que me traje de Palma, quien me ha impulsado a poner manos a la obra con la desagradable tarea de bajar, de una parca estantería de medio cuerpo, algunos libros que, rémora del periodo comprendido entre mi infancia y mi adolescencia, debía sacrificar si les quería encontrar sitio a aquellos.
Ahora mismo observo, mientras escribo estas líneas, cómo ha quedado mermada la dichosa estantería, el trabajo a medio hacer, mientras que las víctimas de la purga descansan ya en el sótano (muy aireado, así que no padezco en exceso por ellas).
Y ahí están, apilados en desorden los afortunados, aquellos con los que seguiré compartiendo mi espacio más inmediato. Creo que voy a seguir aburriéndoos… Ahí va una selección de mis náufragos predilectos que deben su supervivencia a la nostalgia así como a otros factores:
- Leyendas del mar y los marinos (infantil; por la temática)
- La Ilíada (en la desastrosa edición de Austral; porque es Homero, qué coño…!)
- La Odisea (en edición de quiosco pero con la traducción de Gredos; idem)
- Aventuras de Allan Quatermain, de Haggard (edita Legasa, sin año, aunque debió sacarlo en los 80; conservado porque en el sótano ya hay una réplica –quien me lo regaló lo hizo dos veces, en momentos diferentes-; a pesar de todo ese tufillo a colonialismo que despide fue una de mis lecturas favoritas de aventuras con ocho o nueve años… ¡además salían un montón de decapitaciones!)
- El libro de las Maravillas, de Marco Polo (colección “Tus Libros” de Anaya, del 83, conservado impecablemente –esta gente usaba un papel excelente-; nunca me lo acabé de leer, pero supongo que sólo el título merece un lugar destacado en mi selección)
- Tifón, de Joseph Conrad (Taifa, 86; genial relato de aventuras marítimas –claro, es Conrad-)
- Relatos de los mares del sur, de Jack London (Alianza, 84; aunque regalado con unos diez años, curiosamente no me lo empecé a leer hasta hace unos meses y debo reconocer que lo estoy disfrutando; es una recopilación de relatos breves donde London demuestra toda la mala hóstia de que era capaz al tiempo que postula sobre la victoria del caos, de la naturaleza, sobre los ideales morales, éticos del hombre)
- Los últimos días de Pompeya, de Bulwer Lytton (lo gané en una carrera de sacos, en la escuela…¿alguien se acuerda de lo que es una carrera de sacos?; ¿sabía alguien que metí a Lytton en una campaña de rol del Cthulhu?
- Manual de historia moderna, de la editorial Ariel (debía mantenerlo por un poco acordarme de cierto individuo que me dio clases en la universidad, y porque es la primera vez que veía las palabras historia y moderna en minúsculas).
- El Nilo Azul, de Moorehead (Serbal, 86; ensayo; colonialismo en el Nilo…¿A quién le importa? Bueno, a mí: está profusamente ilustrado, supurando romanticismo por doquier, y el autor sabe de lo que habla… un poco de exotismo no va mal).
- L’ànima de l’indi (costumbres y ritos de Los Puros… no podía decir que no… ¡Demasiado Werewolf, hombre!).
- Sociedad y cultura de la Antigua Mesopotamia plus Mitos Mesopotámicos (ambos de Akal –viva el color naranja-; siento predilección por ese lugar y ese momento histórico, supongo que por lo desconocido).
- P’tit Bonhome, de Julio Verne (quiosco, Legasa, sin año, puede que el 80; está hecho polvo, pero es el primer libro de 400 páginas que me leí con diez u once años… toda una epopeya personal! Y encima, para más cojones, hace poco me acordé que la acción tenía lugar en Irlanda, así que… algo de culpa puede atribuírsele a este libro, digo yo…)
- Guía del camí de cavalls de Menorca (nadie nace sabiendo; si alguna vez presumí de mis conocimientos sobre el tema, ya sabéis de dónde los saqué)
- El Quijote (nunca me lo he leído, ni me apetece si queréis que os diga la verdad, y creo que sólo lo conservaré en mi cuarto por aquello de si algún día acabo por decidirme, más que nada por cansancio de verlo)
- Varios libros de Alianza de H.P.Lovecraft (amos anda, ¿¡explicaciones con Lovecraft!?; y mira que están hechos polvo!)
- Los griegos de la antigüedad, de Finley (ensayo, un clásico del tema que acompaña a la perfección a Homero y que mangué de la biblioteca de mi padre sin que todavía haya reparado en ello).

Y ahora llegamos a las dos pequeñas joyas descubiertas bajo un par de álbumes de sellos y que han sido la excusa para empezar a escribir (y desvariar durante) este post: Bisonte Negro y Harald el Vikingo. Dos libros “para niños” (¡cómo ha cambiado la concepción del libro para niño en veinticinco años!), publicados por Argos Vergara en el 79, escritos e ilustrados por Anie y Michel Politzer, y que me leí cuando debía contar con siete, ocho o nueve años, siendo responsables ambos de algunas peculiares obsesiones que se apoderaron de mí en aquella época y cuyos fantasmas me han perseguido casi hasta hoy en día (al menos algunos de ellos, ya que la mayoría se fue quedando por el camino, cosas de crecer).
Ambos son libros de formato álbum (léase un poco más grande que el DIN A-4), de poco más de 60 páginas cada uno, con ilustraciones a doble página y textos distribuídos en columnas y letra pequeña donde como podían, en los espacios dejados libres por el ilustrador.
Anie se ocupaba de visitar museos y hojear archivos para reunir toda la documentación necesaria para poder abordar fielmente el estudio de un periodo histórico determinado, poniendo especial atención a la micro-historia, es decir, cómo vivían las gentes. Entonces, elegía un personaje que pudiera ser característico del momento y del lugar histórico acordado, y elaboraba el texto, a modo de “cuaderno de apuntes” . Narración en primera persona y suficiente detallismo y rigor histórico como para meterte en la acción nada más empezar a leer la primera página.
Michel, su consorte, se dedicaba, igualmente, a documentarse iconográficamente para luego ilustrar, con rigor y frescura, las aventuras del héroe de turno. ¡Y menudas ilustraciones! El estilo era simple, especialmente por lo que tocaba a la expresividad de los personajes, pero el detallismo de vestuario y escenarios era increíble.
Miro la contraportada de uno de los libros, donde aparece una foto en blanco y negro de la pareja. Ella con una blusa estampada con flores, él con camisa de cuadros. Ambos exhiben una media sonrisa. Parecen dos hippies a los que se les hubiera dicho que debían posar para una foto a colocar en un libro para niños. Él sostiene, ayudado por la mano de ella, una hoja de papel con un boceto a lápiz, que parece hecho por un niño pequeño. Frente a ellos, un arcón de madera, del que asoman rollos de papel, un hacha, una botella y diversas ramas y briznas de paja. Una foto genial.
Volviendo a pasar las páginas de estos dos olvidados libros, no hago más que alucinar. Anie se tomó muy en serio su trabajo. El vocabulario es complejo, plagado de términos de lenguaje especializado que se detallan en los márgenes. Michel debió disfrutar con el dibujo, sólo hay que comprobar el detallismo de los fondos, el cuidado que pone en la descripción de la Naturaleza, el equilibrio de las composiciones…
Además, si te quedabas con ganas de más, una vez leído el libro, tenías una serie de “actividades de construcción” . ¿Qué eras niño? Te enseñaban a hacerte tu propio tocado de jefe indio. ¿Qué eras niña? Te enseñaban a hacerte joyas de squaw. Para ambos, cómo fabricar vuestro propio arco. Todo paso a paso. ¡Fantástico!
Vuelvo a la contraportada y leo el último párrafo: Anie y Michel Politzer viven en Bretaña, en una granja restaurada, cerca del mar. A sus respectivas actividades de autor e ilustrador añaden las de pintores, artesanos y jardineros. Ahora entiendo un poco mejor según qué cosas… y me pregunto qué habrá sido de ellos, treinta años después….
Esta vez la nostalgia no sólo ha resistido el embate del tiempo sino que aprueba…¡y con nota!
Publicado por Hator





